Mensaje institucional

Este año ha sido un año excepcional en muchos sentidos, un año en que hemos tenido que afrontar muchos retos, especialmente hacer frente a una pandemia con todo lo que conlleva tanto respecto a la salud física, como a la emocional, y a escala social, cultural y educativa. Situación que ha implicado un gran esfuerzo por parte de todas las autoridades locales, buscando la mejor manera de dar respuesta a las necesidades y dificultades surgidas, poniendo los cuidados y la vida de las personas en el centro.

En este contexto de especial dificultad, los pueblos y ciudades educadoras hemos puesto nuestro empeño y deseo  en  revisar nuestra Carta fundacional coincidiendo con los 30 años del primer Congreso Internacional. Y lo hemos hecho desde la convicción que las Ciudades Educadoras a través de nuestros principios, responsabilidades y compromisos,  sumamos y multiplicamos  mejoras en el bienestar de las personas, potenciando las transformaciones necesarias para el bien común. Poder llevar a cabo una reflexión coral al respecto, nos ha permitido seguir avanzando con nuevos desafíos y propuestas para nuestras ciudades.

Este año celebraremos el Día Internacional de la Ciudad Educadora con el lema: La Ciudad educadora no deja a nadie atrás, evocando uno de los principios fundamentales de la vida y de los derechos de todas las personas: garantizar la equidad y la inclusión de todos y todas. Un planteamiento firme que apuesta por estrategias de inclusión y reducción de desigualdades.

Para ello, es necesario seguir dando pasos firmes e intencionados, con la clara  voluntad de poner la vida de las  personas en el centro de las políticas locales sin dejar a nadie atrás. Este debe ser  nuestro desafío y  para ello debemos trabajar unidos, de manera continuada y transversal con la diversidad de actores que con(viven) en nuestros pueblos y ciudades:  administraciones, instituciones diversas, entidades,  equipamientos y personas. Un tejido social y humano, que conforma el capital humano y el corazón de nuestros municipios.

Debemos  seguir apostando por actuaciones orientadas a reducir el impacto de la crisis sobre las diferentes formas de exclusión. Para ello, las políticas  locales deben recuperar con más fuerza que nunca la misión de hacer efectivos los derechos sociales  de todos los vecinos y vecinas, reforzando las políticas proactivas de reducción de desigualdades y eliminando las barreras con las que se encuentra la población que sufre procesos de empobrecimiento, evitando trayectorias de descalificación social. Solo así, se podrá superar la fractura producida por la crisis. Aquí, el enfoque comunitario es clave: una ciudad que no deja a nadie a atrás, potencia redes de soporte relacional y comunitarias, importantes para prevenir procesos de exclusión social.

Únicamente se podrán desarrollar proyectos de vida dignos y autónomos a través de políticas transformadoras, universalistas y que evidencien el vínculo entre las dificultades y los intereses del conjunto de la ciudadanía.

Es necesario pues, seguir  tejiendo propuestas y complicidades desde, con y para las personas. Dando  voz a aquellas invisibilizadas y excluidas. Preguntándonos siempre, ante cualquier reto, ¿quién se ha quedado fuera? para salir a su encuentro, para construir políticas destinadas a las necesidades reales de todas las personas, dando respuesta a los principios inspiradores de la Carta de Ciudades Educadoras, y  desde la responsabilidad pública y ética que nos caracteriza.

Debemos seguir reafirmándonos en un compromiso conjunto para garantizar una ciudad de  derechos y oportunidades para todas las personas. Para ello, es necesaria la corresponsabilización  de todos y todas, para avanzar y reducir las desigualdades. Hay que poner el acento en cuestiones prioritarias como el acceso a la vivienda, la lucha contra la pobreza infantil o los cuidados a las personas mayores.

No cabe duda que debemos seguir avanzando sustancialmente en garantizar  los  derechos sociales de las personas y en la consolidación  de los pilares fundamentales para que nuestras ciudades sean más justas, diversas e inclusivas, más habitables, más feministas, y más saludables. Unas ciudades más educadoras que abran un abanico de posibilidades para todo el mundo, que ofrezcan unos servicios accesibles y un entorno adecuado para el desarrollo individual y colectivo, sostenible y desde y con  justicia ambiental.

Seguimos adelante con la apuesta de co-crear pueblos y ciudades educadoras valientes, comprometidas y enérgicas, que sitúen a las personas en el centro, consiguiendo hacer unas ciudades más nuestras, más de todos y todas, en definitiva unas ciudades más  vivibles. Que posibiliten que la ciudadanía sea y esté cada día más empoderada, activa y socialmente comprometida.

Quisiera acabar con un deseo,  que no es otro que, desde las Ciudades Educadoras sigamos contribuyendo a potenciar entornos que sean ecosistemas vivos, inclusivos, generadores de bienestar; municipios que contribuyan a ofrecer una vida digna a las vidas de cada uno de nosotros y nosotras.

Maria Truñó
Presidenta Delegada de la Asociación Internacional de Ciudades Educadoras

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